15 claves que quizá no conozcas sobre "El Acorazado Potemkin"







Cerrad los ojos. Pensad en una gran ciudad. Pensad en París. Muchos coincidiremos en una misma imagen mental: la Torre Eiffel. ¿Roma? El Coliseo. ¿Nueva York? La estatua de la libertad. ¿Barcelona? La Sagrada Familia (algunos dirán el Camp Nou). ¿Odesa? Unas escaleras. Nada más y nada menos.

Pocos lugares hay en el mundo que deban tanto a tan poco. Ciento veinte escalones. Siete minutos de escena. Una madre que sostiene a su hijo. Un carrito de bebé que baja traqueteando. Un pueblo que huye en tropel. Gritos, lamentos, gafas rotas, insignias zaristas. Y una hilera de soldados sin rostro, como en Los fusilamientos de Goya, que desciende inmisericorde y sordo. Pero hay más, mucho más: El acorazado Potemkin (1925) justifica por sí solo 117 años de cine. Pocos títulos hay que conserven su nervio narrativo y su potencial para emocionar al espectador 90 años después de su estreno. Pocos hay también, todo hay que decirlo, que representen mejor el uso de la propaganda elevada a las más altas cotas de excelencia artística. Una joya maniquea, concebida en los primeros tiempos del régimen soviético por un chaval de 26 años con un talento único. No en vano está considerada por muchos (y en muchas listas) como la mejor película de la historia. Nadie que ame el séptimo arte debería perdérsela. Hay una revolución rusa que asaltó el Palacio de Invierno, y otra que definió en 90 minutos de intensidad cinematográfica los fundamentos de un arte aún balbuceante. La primera derivó en una dictadura. La segunda nos ha traído hasta aquí, hasta el cine que conocemos y amamos. Y aunque parezca mentira, ambas revoluciones acabaron colisionando. Y al final lo que queda del Potemkin es un canto a la libertad y a la fraternidad frente a un régimen cruel y despótico… como el soviético. La propaganda de Eisenstein se tornó en cine crítico, tan incómodo que le acarreó muchos problemas con Stalin. Pero vayamos por partes, y a los que no la hayan visto, cuidado con losspóilers…



1-Eisenstein en Odesa: En 1925, cuando sólo cuenta con 26 años, Sergéi M.Eisenstein (la M es de Mijáilovich) ha tenido tiempo de dirigir teatro, desencantarse de él, estrenar La huelga (1925), ganarse el respeto del mundo de la cultura y atraer la atención de las autoridades soviéticas. Casi nada. Con semejante recorrido, el joven director se embarca en un proyecto llamado 1905, que pretende retratar la oleada de manifestaciones y protestas que inundaron Rusia en dicho año, saludadas a menudo como un preludio de la revolución de 1917. El rodaje empieza en Leningrado, pero el mal tiempo obliga al equipo a modificar el plan previsto y trasladarse a Odesa. Y es allí, frente a la imponente visión de las escaleras, cuando Eisenstein decide tirar el guión por la borda y focalizar su atención en los hechos acaecidos en esa ciudad portuaria y, especialmente, a bordo del acorazado Potemkin. Para ello, emprende un minucioso trabajo de documentación, habla con supervivientes de la represión y se inspira en los dibujos realizados por un testigo francés. El joven genio observa, asimila e interpreta. Luego da rienda suelta a la ficción.

2-La escalinata: La escena de la matanza en la escalinata de Odesa es falsa. No hubo madre suplicante, ni niño pisoteado, ni mujer conciliadora, ni joven estudiante, ni carrito de bebé… Lo que no significa que el ejército ruso no masacrara la población de Odesa. Varios testigos de los hechos lo relataron en sus memorias, pero no hay evidencia histórica de que la escena que describe Eisenstein ocurriera en la realidad.Simplemente no fue en esas escaleras. De hecho, algunos de los acontecimientos de aquel día no están muy claros, pero la influencia de la película es tal que a menudo se da por bueno el relato cinematográfico.


3-Meyerhold: Pocas influencias tienen tanto calado en el primer Eisenstein como la ejercida por Vsevolod Emilílievich Meyerhold. Teórico teatral, director de escena y actor, Meyerhold es un impulsor del movimiento simbolista en Rusia cuyos trabajos marcan a toda una generación de creadores. Su teoría de la Biomecánica aplicada a la dirección de actores causa una profunda impresión en Eisenstein desde sus tiempos como director de teatro. La fuerza expresiva de sus actores en la pantalla es deudora de sus enseñanzas. En 1940, tras cerrarle el teatro, las autoridades soviéticas detienen a Meyerhold, lo torturan, lo obligan a retractarse de sus ideas y, finalmente, lo ejecutan ante un pelotón de fusilamiento.

4-El montaje: Las teorías sobre el uso enfático del montaje de Eisenstein se recogen por igual en sus escritos y en sus películas. Su “montaje intelectual” se basa en la yuxtaposición de dos ideas autónomas que, unidas, generan un tercer concepto en la mente del espectador. La fuerza de su mensaje a menudo nace de esta técnica. Es una constante en su cine, especialmente en su periodo mudo, más aún que el “montaje de atracciones”, donde apuesta por acercar el cine al circo y a las varietés. Puede sonar a exageración, pero cabe la posibilidad que Eisenstein sea el montador más importante de toda la historia del séptimo arte.

5-La influencia oriental: Eisenstein era director, montador, orador políglota… y un enamorado de la cultura japonesa. Su extraordinaria teoría del montaje intelectual se basa en la estructura de los ideogramas japoneses, donde dos caracteres se contraponen para crear un tercero.


6-La música de Meisel: Dmitri Shostakovich y Nikolaï Krioukovmusicaron el film de Eisenstein en sus diferentes versiones, pero puede que la más relevante sea la compuesta por Edmund Meisel. De hecho, fue la que escogió el joven director para estrenar El acorazado Potemkin… y también la más controvertida. Durante una representación en Londres Meisel se pasó tres pueblos a la hora de imponer un ritmo más ágil a su partitura, y el resultado provocó un estallido de carcajadas en la sala. Eisenstein canceló su colaboración con el compositor y tomó buena nota de un principio fundamental para el cine (y no digamos para el mudo): la música puede condicionar todo el conjunto.

7-El borsch: Una sopa de verduras originaria de Europa del este, de color rojo (por la gran cantidad de remolacha) y que puede llevar carne si se sirve caliente, o simplemente vegetales y zumo de limón si se come fría. Se acompaña a menudo de crema agria. Para su elaboración, se echan 400 gramos de carne en una olla llena de agua y se espera que alcance el punto de ebullición. Luego se añade cebolla picada en el caldo y se deja un par de horas a fuego lento. En un cazo se echa la remolacha y el tomate debidamente cortados y se dejan cocer a fuego lento durante una hora. Mientras tanto, en otro cazo salteamos durante quince minutos rodajas de cebolla y de zanahoria. Ponemos el caldo a hervir, echamos patatas y col (también troceadas) y esperamos cinco minutos. Añadimos el salteado, lo dejamos 10 minutos, vertemos la remolacha y dejamos que hierva 5 minutos más. Puede especiarse con sal, pimienta y ajo.


Por este plato muere el marino Vakulinchuk, por la carne podrida del borsch estalla el motín del Potemkin.

8-El color de la bandera: Cuando la tripulación se amotina podemos ver una bandera blanca ondeando en el barco. Eisenstein opta por ese color para poder pintarla de rojo en posproducción, consciente de que en un film en blanco y negro cualquier otro tono (rojo incluido) se vería demasiado oscuro. Irónicamente, el rigor histórico exige que la bandera sea precisamente blanca, tal y como la vemos hoy en día, ya que ése era el color de las insignias zaristas.

9-El estudiante: En su búsqueda de testigos de los hechos de Odesa, Eisenstein da con Konstantin Feldman, que había participado en la huelga general y se encontraba en el acorazado en las horas finales de la revuelta. Feldman interpreta en la película al estudiante que agita las masas. Ni él podia saber hasta qué punto la película inmortalizaría su rostro. El problema es que Feldman era manchevique, y por lo tanto enemigo jurado del gobierno soviético. Murió en la década de los 30, en una de las purgas de Stalin.

10-El verdadero motín: La marina rusa lleva un buen mosqueo. La guerra contra el Japón por Corea y Manchuria está siendo un desastre. La tripulación duerme mal, trabaja mal, vive mal… y come mal. La carne agusanada es el colmo. Ante las protestas los oficiales amenazan con fusilamientos. Y ya la tenemos liada. Hay un tiroteo, varios muertos, una sublevación de marineros y soldados. El marinero Vakulenchuk es una de las víctimas. Hasta aquí, la secuencia de los hechos es muy parecida a la que describe Eisenstein, tanto que cuesta saber si la historiografía más o menos académica se ha visto contaminada por el recuerdo de la película. Los hechos difieren a continuación: la confusión reina a bordo. El acorazado llega a Odesa, que se encuentra en medio de una huelga general, pero sus marinos no desembarcan para ayudar a la población de la ciudad. Pese a ello, es cierto que los barcos del ejército ruso no abren fuego contra el acorazado. Tras zafarse de las iras del zar el Potemkin huye a Rumanía. Aquí Eisenstein no cuenta el destino de la tripulación, cuyo final carece de épica. El gobierno rumano sólo accede a acogerlos si devuelven el acorazado al zar. Muchos marineros no volverán a su casa hasta que estalle la revolución de 1917. Los que lo hacen son detenidos, juzgados y, a menudo, ejecutados. Un pequeño grupo huye a Argentina. El marinero Iván Beshov se instala en Irlanda. Murió en 1987 a los 102 años de edad. Era el último superviviente del acorazado Potemkin.


11-El acorazado (y Potemkin): Tras el motín, el acorazado es devuelto al zar por las autoridades rumanas. Consciente de su peso simbólico, el gobierno ruso cambia su nombre de inmediato por el de Panteleimón. En abril de 1917, en medio del caos prerrevolucionario, se rebautiza primero como Potemkin-Tavrícheski, y un mes más tarde como Borétszasvobodu (Luchador por la libertad). En 1918 los alemanes lo capturan y en 1919 cae en manos de los rusos zaristas. Ese mismo año, los ejércitos occidentales que dan apoyo a la monarquía hunden el barco ante el puerto de Sebastopol. Los bolcheviques lo reflotan, pero el daño es irreparable y acaba siendo desmantelado. El acorazado que vemos en la película es el Dvenadstat Apostolov (Los doce apóstoles). Por cierto, Grigori Potiomkin (o Potemkin) era un militar y estadista ruso del siglo XVIII, amante de Catalina la Grande. Corre una leyenda sobre él que cuenta que en una inspección de la zarina para comprobar los progresos de la gestión de Potemkin en el campo, el avispado político engañó a su amada con pueblos de cartón piedra, campesinos actores, decorados imitando cultivos… Potemkin dirigió magistralmente el recorrido de Catalina para que no viera la falsedad de la puesta en escena. Como en una película.

12-Los gruppies de Eisenstein: Charles Chaplin y Billy Wilder consideraban que El acorazado Potemkin era su película favorita. Buñuel enloqueció el día que fue a verla. Steven Spielberg, Brian De Palma o Francis Ford Coppola han homenajeado la escena de la escalinata en sus películas. ¡Hasta Homer Simpson! ¡Y Leslie Nielsen!


13-Robin Hood en Rusia: El film de Eisenstein es la niña de los ojos del gobierno soviético. Su estreno coincide con el Robin Hood (1922) que protagoniza Douglas Fairbanks. A las autoridades rusas se les mete entre ceja y ceja establecer una competición en la taquilla con la película norteamericana, por aquello del orgullo nacional, ideológico, cultural y otras zarandajas. Ganan los yankees, pero por muy poco. Eisensteinrecibirá el reconocimiento de Fairbanks cuando lo visite, años más tarde, en Hollywood.

14-¡Censurado!: El film de Eisenstein las pasó canutas. Tras su estreno triunfal en la Unión Soviética desembarca en unos Estados Unidos poco receptivos. En Alemania sufre la censura de los momentos más violentos (no quiero ni pensar cómo quedó la secuencia de la escalinata), y posteriormente se prohíbe su difusión durante el nazismo. En Gran Bretaña y en Francia también acaba retirada de los cines; y en España, donde no se ve hasta la Segunda República (y no hace faltar decir lo que opinaba el franquismo de ella). ¡E incluso en la Unión Soviética! Tras la caída en desgracia de Liév Trotsky se suprime el parlamento introductorio que hizo en la versión original de la película. El delirio llega cuando las autoridades soviéticas dejan de hacer campaña por las deserciones en barcos de los países del bloque capitalista y el film llega a ser censurado totalmente por un breve lapso de tiempo.

15-Eisenstein, enemigo del pueblo: El estreno de El acorazado Potemkin es un éxito tan clamoroso para el joven Eisenstein que no es capaz de ver el chaparrón que se le viene encima. Octubre (1928), su siguiente trabajo, es un fracaso. Y lo mismo ocurre con Lo viejo y lo nuevo (1929). En Hollywood es muy apreciado, pero su militancia ideológica lo convierte en sospechoso y por extensión en un apestado. En México tiene abandonar el rodaje de ¡Que viva México! (1932) cuando lo tenía muy avanzado, y el montaje final ni siquiera es suyo (¡él, que era el genio del montaje!). Encima, su paso por los Estados Unidos hace que Stalin lo considere sospechoso (mira tú por dónde, lo mismo que hicieron los americanos) y censura sistemáticamente sus siguientes trabajos. Ni siquiera el proyecto de exaltación nacional que representa Alexander Nevsky (1938) aleja las sospechas de una administración paranoide, que le asigna un supervisor para que no le quite ojo. Hastiado, Eisenstein carga contra Stalin en Ivan el Terrible (1944) que logra el esperpento de recibir el premio Stalin y la censura total de sus dos secuelas. Eisenstein muere de un infarto en 1948.




Extraído de: A

Los 10 filósofos mejor vestidos






10. Karl Popper.

En el puesto numero 10 de nuestro ranking tenemos nada más y nada menos que a Karl Popper:


Nos gusta el estilo de este filósofo de divertido nombre. Además, nuestros becarios se han puesto a investigar y han descubierto que, tal y como nosotros aconsejamos muchos posts atrás, este señor, buscando ganar tiempo para poder filosofar tranquilo, solo planchaba el cuello de sus camisas. Total, es lo que se iba a ver. Nos gusta también mucho la pose con la que aparece en esta foto: un claro gesto de “estoy pensando, eso de pensar es lo mío“.


9. Thomas Hobbes.



Nos han impresionado esa perilla y ese bigote tan hipsters, pero, sobre todo, nos encanta esa prenda tan fashion de su cuello que tenía como doble finalidad permitirle comer sin que nada cayera al suelo, así como que nadie se acercara a robarle la comida por miedo a pincharse con los extremos., incluso lo puede usar de colcha de cama. Se ve reflejada así su idea de que “el hombre es un lobo para el hombre“. Cómo es la moda, ¿eh? Se podría estudiar historia de la filosofía solo a partir de la moda.


8. Martin Heidegger.


Este señor filósofo presenta un estilo elegante y sobrio que nos hace recordar a alguien pero no terminamos de saber a quién. Pongo otra foto a ver si entre todos le sacamos el parecido:


Nada, que no caemos. ¿Alguna idea?


7. Guillermo de Ockham.



Sí, la foto no es de gran calidad, pero teniendo en cuenta que es un señor del siglo XIII, hemos hecho lo que hemos podido. Como era monje, tenía poco margen de maniobra en lo que a vestimenta se refiere. Sin embargo, su pelo era suyo. Por ello, comenzó a experimentar como todo un l’egoblogger hasta llegar al peinado que luce en esa foto: cabeza afeitada por el centro y un halo de pelo al rededor. Puede que a algunos no os guste, pero creó tendencia y la Iglesia se subió al carro inmediatamente. Al parecer, el que probablemente es su aporte más célebre al mundo de la filosofía, la famosa “navaja de Ockham“, no tiene otro origen sino éste, su preocupación e interés por afeitarse siempre la cabeza.


6. Maquiavelo.



A Maquiavelo se le atribuye la siguiente frase:

“En general los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver pero pocos comprenden lo que ven.”

Es decir, estaba muy obsesionado con las apariencias. Esto derivó en una obsesión por la moda y por la ropa, lo que lo llevó a, como se aprecia en esta imagen, a ponerse multitud de outfits, uno encima de otro. De ahí su apariencia hinchada a pesar de presentar un rostro bastante delgado.


5. Karl Marx.


Mucho obrero, mucho proletariado, pero aquí está él con su traje impecable y su monóculo. Pero bueno, no estamos aquí para juzgar su coherencia filosófica, sino su elegancia y, debemos reconocer, que la tiene y mucha. También nos ha impactado y enamorado su look capilar: parece un león dispuesto a devorar el capitalismo. Un punto extra para ese contraste de tonalidades entre el bigote y la barba. Bravo.


4. Platón.

Ahora, uno de los más famosos: Platón.



Sí, Platón, el del mundo de las ideas. ¡Y vaya ideas más buenas! Túnica salmón sobre malva, mangas verdes a juego con ese lacito en torno al cuello, look capilar intencionadamente grunge… ¡no nos extraña que quisiera salir de la caverna a lucirse bien! Visto lo visto, entendemos perfectamente que sea obligatorio estudiarlo en selectividad.


3. Albert Camus.



Conocido en los círculos filosóficos como “el egoblogger de la filosofía“, nos deleita con estos posados tan naturales y su estilo de galán a lo Bogart. Veamos otra pose más, bien distinta a la anterior:


Seguro que se tiraba el rollo de “soy filósofo, nena” y se las llevaba de calle.


2. Arthur Schopenhauer.


Nos ha impresionado mucho la gran visión de este hombre. No, no me refiero a las gafas, que también son geniales, sino a su look: fue capaz de adelantarse más de 100 años al estilo de Lobezno. Por ello le otorgamos la distinción de quedar 2º en este ranking.


1º. Immanuel Kant.

En primer lugar y siendo el campeón de hoy, tenemos a Immanuel Kant:



Kant cumple todos los requisitos para ser un verdadero dandi de la época. Nos encanta el efecto peluca conseguido con su pelo natural, pero sobre todo nos entusiasma su ropa. Qué chaqueta tan poco recargada. ¡Qué sobria! Nos gusta mucho cómo ese espumillón blanco aparece al azar por la parte superior, cerca ya del cuello. Es un outfit cargado de sorpresas de los que no se ven hoy en día.




Extraído de: A

Cuando los revolucionarios húngaros fueron obligados a comerse a su líder




Como ya contaba hace unos días, el Papa Pío II reunió a los representantes de la cristiandad en el Concilio de Mantua (1459) para convocar una nueva cruzada contra los turcos que, desde la toma en Constantinopla, avanzaban por el Este de Europa. El llamamiento fue recibido con indiferencia por los líderes europeos -más preocupados por las disputas entre ellos- con la excepción de Matías Corvino, rey de Hungría, y Vlad III, príncipe de Valaquia, también conocido como Vlad Tepes, Vlad el Empalador… o Drácula. Años más tarde, se volvería a repetir la historia.
En 1513, tras la muerte del Papa Julio II, el arzobispo húngaro Tamás Bakócz se trasladó a Roma ya que figuraba en la lista de los papables. La poderosa familia Médicis movió los hilos, y el dinero, para nombrar a uno de los suyos, Giovanni di Lorenzo, como nuevo Papa… León X. Tamás Bakócz regresó a Hungría sin el premio gordo pero con el nombramiento como legado papal y debajo del brazo una bula de León X  que proclamaba una nueva cruzada contra los turcos. Presentó sus credenciales al rey de Hungría, Ladislao II, y fue designado por éste para organizar la campaña militar. Para liderar las tropas, Bakócz contrató a un mercenario rumano… György Dózsa.

György Dózsa
György Dózsa

La convocatoria de cruzada implicaba que no sólo los caballeros y soldados formarían parte del ejército sino también artesanos, comerciantes, clérigos y campesinos -cuando se tira de la fe, nadie se podía negar-. En pocas semanas, Dózsa había conseguido reunir un contingente de 100.000 almas… en su mayoría campesinos sin preparación. El entrenamiento duró más de lo previsto y la época de la cosecha se echó encima. Los terratenientes, preocupados por sus propios intereses, ordenaron que los campesinos regresasen a sus labores agrícolas. Ante la negativa, los terratenientes decidieron presionarlos torturando a sus familias… craso error. Los campesinos, con la complicidad de György Dózsa, se olvidaron de los turcos y decidieron recorrer los territorios de los miserables terratenientes para imponer su propia justicia… la de sus espadas. La cruzada contra los turcos se convirtió en una revolución de los campesinos húngaros contra los nobles.
Después de quemar varios castillos y tomar algunas ciudades, Ladislao II y Tamás Bakócz “desconvocaron” la cruzada y contrataron un ejército de mercenarios de la República de Venecia y el Sacro Imperio. A sólo 25 Km de la capital, los campesinos de György Dózsa nada pudieron hacer frente a la caballería pesada de nobles y mercenarios… los que no cayeron masacrados fueron hechos prisioneros. Entre estos últimos estaban György Dózsa, su hermano Gergely y varios de sus lugartenientes que servirían para dar un escarmiento…
György fue sentado desnudo en un trono ardiendo y se le colocó una corona de hierro al rojo vivo burlándose de su pretensión de ser rey. Su respuesta…

Si un solo gemido escapa de mis labios, que mi nombre sea cubierto de infamia eterna.

Tortura de György
Tortura de György

Después de tener varios días sin comer a su hermano y a sus lugartenientes, los excarcelaron y les obligaron a comer la carne que arrancaban a György, aún vivo. Su hermano y tres revolucionarios más se negaron… fueron descuartizados. El resto…decidieron comer la carne de su líder y salvaron la vida. György Dózsa murió en aquel trono que nunca pretendió ocupar. Hoy en día, el revolucionario contra los nobles feudales da nombre a plazas, calles, estaciones de tren… en Hungría y Rumanía.


Extraído de: A

Los grandes maestros del cine juntos





De pie, desde la izquierda: Robert Mulligan, William Wyler, George Cukor, Robert Wise, Jean-Claude Carrière y Serge Silverman. Sentados, desde la izquierda: Billy Wilder, George Stevens, Luis Buñuel, Alfred Hitchcock y Rouben Mamoulian



Una fotografía mítica ha dejado testimonio de una reunión legendaria. En noviembre de 1972, el cineasta George Cukor quiso reconocer el talento de Luis Buñuel y le invitó a una comida en su fabulosa mansión de Beverly Hills.

A la cita acudieron Ford, Hitchcock, Rouben Mamoulian, Robert Mulligan, George Stevens, Billy Wilder, Robert Wise y William Wyler, una pléyade de maestros de Hollywood jamás congregada y retratada en un acto privado.

Fritz Lang no pudo acudir por estar indispuesto, pero fue visitado al día siguiente en su casa por el director español, quien cuatro meses después ganaría el Oscar por ‘El discreto encanto de la burguesía’. Una sugerente y magistral película de obligado visionado para nuevos cinéfilos.




Extraído de: A

La isla gay creada por el fascismo en Italia



San Domino
Hoy la isla de San Domino es un paraíso para los turistas.


Hace 75 años, en la Italia fascista de Benito Mussolini, un grupo de hombres gay fueron llamados "degenerados", expulsados de sus hogares e internados en una isla, donde se los mantuvo bajo un régimen carcelario.

Algunos de ellos, sin embargo, vivieron como una experiencia liberadora la vida en esa primera comunidad italiana abiertamente homosexual.
Cada verano los turistas son tentados por la belleza de un pequeño conjunto de islas rocosas en el mar Adriático. Pero recientemente un grupo de visitantes llegó al archipiélago de Tremiti no tanto para disfrutar de la paz y la calma de este remoto lugar, sino para recordar. Se trataba de activistas por los derechos de gays, lesbianas y transexuales. Llegaron al lugar a celebrar una pequeña ceremonia, durante la que marcarían el vergonzoso episodio que tuvo lugar en las islas hace más de 70 años.

"Un régimen viril"


En la década del 30 el archipiélago sirvió al plan de los fascistas de Benito Mussoilini de reprimir la homosexualidad. Los hombres gay socavaban la imagen que él quería proyectar de hombría italiana.
"El fascismo es un régimen viril. (En ese contexto ) los italianos deben ser fuertes, masculinos y es imposible que pueda existir la homosexualidad en un régimen fascista", dice el profesor de historia de la Universidad de Bérgamo, Lorenzo Benadusi. Así que la estrategia fue esconderlo lo más posible. No se promulgaron leyes discriminatorias, pero se creó un clima en que las exhibiciones abiertas de homosexualidad se reprimían vigorosamente.

A 600 Km de casa


Un prefecto de la policía de la ciudad siciliana de Catania aprovechó el máximo ese estado de cosas. "Notamos que muchos bailes, playas y lugares en las montañas reciben a muchos de estos hombres enfermos, y que jóvenes de todas las clases sociales buscan su compañía", escribía. Decía que estaba decidido a terminar con la "propagación de esta degeneración" en su ciudad "o al menos contener semejante aberración sexual, que ofende la moral y que es desastrosa para la salud pública y la mejora de la raza". Y decía más: "Este mal debe ser atacado y quemado desde dentro".
Así que en 1938, en Catania, fueron detenidos unos 45 hombres que se creía eran homosexuales y enviados al exilio interno. Terminaron a unos 600 kilómetros de allí, en la isla de San Domino, en Tremitis. Este episodio ha sido en buena parte olvidado. Se cree que ninguno de los que sufrieron este castigo sigue vivo, y hay pocos relatos detallados de qué sucedió allí.

Benito Mussolini
Benito Mussolini nació el 29 de julio de 1883 en Predappio, Emilia-Romaña

"Las niñas"


Pero en el libro "La Isla y la Ciudad", los investigadores Gianfranco Goretti y Tommaso Giartosi mencionan a decenas de hombres, no todos de Catania, enfrentando duras condiciones en San Domino. Llegaban esposados. Luego eran ubicados en grandes y espartanos dormitorios, sin electricidad o agua corriente. "Nos daba curiosidad porque los llamaban 'las niñas'", dice Carmela Santoro, una isleña que era apenas una niña cuando los exiliados empezaron a llegar...

"Íbamos a verlos bajar del bote... vestidos en verano con pantalones blancos, con sombreros". "Y mirábamos con asombro, 'mira a esa, ¡mira cómo se mueve!'; pero no teníamos contacto con ellos". Otro isleño, Attilio Carducci, recuerda cómo a las 8 de la noche, todos los días, sonaba una campana que señalaba el momento en que ya no podían salir. "Quedaban encerrados en sus dormitorios, vigilados por la policía", dice. "Mi padre siempre hablaba bien de ellos. Nunca tenía nada malo que decir de ellos, y él era el representante local del fascismo".


In Italia Sono Tutti Maschi (C) 2008 Luca de Santis, Sara Colaone, Kappa Edizioni Sr
La novela gráfica de 2008 "In Italia Sono Tutti Maschi" ("En Italia todos somos Machos") cuenta la historia de los gays exiliados bajo el fascismo.

Los prisioneros sabían que exponer su homosexualidad habría causado vergüenza y angustia a sus familias en casa, en pueblos y villas sumamente conservadores. Algo de ese sentir puede leerse en una carta de un pastor siciliano, que se estaba formando para ser cura cuando fue detenido. Rogando a las autoridades judiciales que lo dejaran ir a casa, escribía: "Imagine, Su Señoría, el pesar de mi amado padre. ¡Qué deshonra!" "Exilio interno por cinco años. De sólo pensarlo me vuelvo loco". El prisionero, identificado sólo como Orazio L., pidió que se le permitiera dejar la isla y "servir a la Patria" en el ejército. "Convertirme en soldado y regresar al seminario para vivir en retiro es la única forma en que puedo reparar este escándalo y deshonra para mi familia", escribió.

Giuseppe B.


Pero algunos de los testimonios de exexiliados dejan claro que la vida no era tan mala en San Domino. Parece ser que el régimen de prisión era relativamente relajado en lo cotidiano. En forma involuntaria los fascistas crearon un rincón de Italia donde se podía ser abiertamente gay. Por primera vez en sus vidas estos hombres fueron puestos en un lugar donde podían ser ellos mismos, libres del estigma que normalmente los acompañaba en la devota Italia de los 30.
Una excepcional entrevista con un veterano de San Dominio sólo mencionado como Guiseppe B., publicada hace muchos años en la revista gay Babilonia, da a entender lo que esto significaba para los exiliados. Giuseppe B. decía allí que de algún modo ellos estaban mejor en la isla. "En ese entonces si eras una femmenella (una palabra del argot italiano para hablar de hombres gay) no podías ni siquiera salir de casa, hacerte notar; la policía te arrestaría", decía sobre su ciudad natal, Nápoles.
"Por el contrario, en la isla celebrábamos el día de nuestros santos o la llegada de alguien nuevo... Hacíamos teatro y podíamos vestirnos como mujeres y nadie decía nada". También contaba que, por supuesto, había romances e -incluso- peleas por amantes. Algunos prisioneros lloraron, recordaba Guiseppe, cuando el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939 marcó el fin del régimen de exilio interno en San Domino y los hombres debieron regresar a una suerte de arresto domiciliario en los lugares de donde provenían.

No ha terminado


Algunos hombres gay fueron internados junto a prisioneros políticos en otras islas pequeñas, como Ustica y Lampedusa. Pero San Domino fue la única donde todos los exiliados eran gays. Es profundamente irónico que en la Italia de entonces sólo pudieran encontrar cierto grado de libertad en una isla-prisión. El grupo de activistas por los derechos de gays y lesbianas que se reunió en el archipiélago días atrás colocó una placa en memoria de los exiliados. Será un recordatorio permanente de la persecución de los homosexuales por parte de Mussolini.
"Esto es necesario porque nadie habla de lo que pasó en esos años", dijo uno de los activistas y parlamentario italiano, Ivan Scalfarotto. Y el sufrimiento no ha terminado para la comunidad gay italiana, señala. Ya no son esposados y enviados a las islas, pero aún hoy siguen sin ser considerados ciudadanos "de primera". Scalfarotto dice que en Italia todavía no hay un verdadero estigma social asociado a la homofobia y que el Estado no da derechos legales a ningún tipo de pareja gay o lesbiana.
Su lucha por la igualdad continúa.




Extraído de: A

El Fausto de Goethe ilustrado



Una de las historias más universales de la literatura, música e ilustración es la de Fausto. Y una de las rendiciones más conocidas es el Fausto de Goethe, una tragedia en dos partes. Se trata de una leyenda clásica alemana, un exitoso académico insatisfecho con su vida que hace un pacto con el diablo para intercambiar su alma por conocimiento ilimitado y placeres mundanos.


Arriba se encuentra una de las ilustraciones en acuarela de Harry Clarke, un ilustrador que realmente era más conocido por su trabajo en vitrales. Su proyecto inició en 1924 como una ilustración especial del Fausto de Goethe que salió en el 25. Aunque el editor despreció las imágenes, finalmente fueron incluidas a pesar de su fuerza y de ser muy explícitas a veces.


Mefistófeles atrae a Fausto al mundo infernal y caótico en donde las criaturas andan con licencia para hacer cualquier cosa, pero fue Clarke el primero en ilustrar abiertamente los rasgos sexuales del poema, sin perder un elemento humorístico oscuro.


El tiraje contó con apenas 2000 copias, pero las reseñas fueron positivas. Existieron 8 ilustraciones de página completa a color, 8 de página completa a tinta, 6 en simple línea negra y 64 viñetas en blanco y negro de incidentes relatados en el poema.


Es interesante que la gran ausente de estos cuadros es la luz. La oscuridad proviene del mundo medio del purgatorio donde las formas no están completamente definidas y en ese sentido, Clarke reflejó algunas de las preocupaciones de Goethe, como la tormenta, la culpa, la moral y la practicidad y otras ideas complicadas de la forma en que actuamos.



Estas ilustraciones fueron obtenidas de The Life and Work of Harry Clarke, un libro de 1989 que reunía el trabajo del irlandés que hizo varias ilustraciones para editoriales en su momento.



El poema de Goethe también cuenta con las ilustraciones en sus versiones en inglés y en español. La versión en nuestro idioma es interesante porque el responsable de la traducción fue José Maria Valderde. No hay que aburrirlos con las listas, así que diremos nada más que Valverde tradujo a muchísimos clásicos en inglés y alemán durante el siglo XX.



Finalmente, aunque muchos de los temas clásicos y europeos del Fausto sean complicados para el lector, el trabajo aún tiene resonancia en la actualidad porque habla de la ciencia y la religión, la pasión y el amor, además de preguntas sobre el bien y el mal, la sexualidad y la mortalidad. ¿La receta para un clásico?




Extraído de: A

El día que Don Corleone fue burlado por un fotógrafo




Siempre me han gustado las historias, reales o no, que hay detrás de los grandes reportajes fotográficos. Aún tengo en la memoria la de Robert Cappa durante el desembarco en Normandia y los negativos velados; o la de Josef Koudelka y su clandestinidad durante la Semana de Praga, entre otros.

Hoy vuelvo a Sergio Larraín y me gustaría escenificar en este post, el día que burló al mismísimo capo de la mafia siciliana.


Calabria, Italia © Sergio Larraín


Resulta que, en 1959, el entonces joven fotógrafo chileno y postulante a entrar a Magnum, es mandado por el propio Henri Cartier Bresson a realizar un encargo imposible a Sicilia: un reportaje al temido Giuseppe Genco Russo, considerado por muchos como el jefe de la cosa nostra en la isla.


Palermo, Sicilia, Italia © Sergio Larraín


Russo aún era un desconocido para los grandes medios. Nadie había podido retratarlo Y Larraín viaja a Sicilia con ese alocado propósito.


Castelamare, Sicilia, Italia © Sergio Larraín


Durante tres meses, el fotógrafo recorre la isla y con su Leica va capturando instantes de ese recorrido por pueblos de la isla en busca de lo imposible. 


Funeral. Sicilia © Sergio Larraín


Pasa por la isla Ústica, por Villalba, por Palermo pero nada del Don Corleone. Nadie se atreve a decirle donde vive Russo.


Palermo, Sicilia, Italia © Sergio Larraín


Sin embargo, no pierde la esperanza. Está convencido que por lo menos, una oportunidad tendrá. Y ese día llega, cuando en un bar, un parroquiano le cuenta que Russo vive en un poblado llamado Caltanissetta.


Caltanisetta, Sicilia, Italia © Sergio Larraín


Como si se tratara de una película de cine negro, Larraín se hospeda frente a la casa del mafioso y como un auténtico papparazi, fotografía desde su ventana pero los resultados no lo convencen. No es su estilo, necesita un retrato de él, cerca, que mire al objetivo. Una utopía.


© Sergio Larraín


Larraín, aparte de ser un gran fotógrafo, parece ser un gran actor y logra persuadir al abogado de Russo. Se hace pasar por un inocente turista chileno interesado en ruinas romanas. Y, de esa manera, cae simpático a todo el mundo y pronto entra a la guarida del capo mafioso. Allí, el padrino lo invita a comer junto a su familia.


© Sergio Larraín


Durante 15 días, lo visita diariamente pero sin sacarle ni una foto. Aún no se atreve. Necesita como un buen fotógrafo, volverse invisible.


© Sergio Larraín


Finalmente, después de un opíparo almuerzo, Larraín entra en acción. Saca su Leica y comienza a realizar bodegones en la casa del capo. Nadie dice nada, es sólo un simpático turista que quiere llevarse un recuerdo a su país piensa Russo y se va a dormir una siesta.

Larraín, que ya tiene el billete de tren en su bolsillo para volver a Roma al día siguiente, cree que ha llegado su momento. Lo sigue hasta la habitación y comienza a sacarle fotos, mientras el mafioso descansa sentado en un diván.

De pronto, los guardaespaldas lo descubren y Russo abre los ojos, sorprendido. Y así llega el instante imprevisible que hace mágica a esta historia y que Larraín cuenta con lujo de detalles en el despacho de Cartier Bresson en París, un tiempo después:

"¿Por qué usted toma tantas fotos? pregunta el capo mafioso sin dejar de mirar un sólo instante a Larraín.

El fotógrafo sin dudarlo y con total indiferencia responde:

"porque después hay que seleccionar la mejor para mi álbum de los recuerdos". Aunque parezca increíble esta absurda respuesta satisface al capo mafioso que, acto seguido se pone un traje y un sombrero para la siguiente foto.


Giuseppe Russo © Sergio Larraín


Lo demás ya es historia conocida. Larraín viaja a París con 6.000 fotografías y casi 100 imágenes de Russo. Las grandes revistas europeas y americanas publicaron esa primicia en primera plana y ese primer encargo fue la entrada definitiva del fotógrafo a Magnum.




Extraído de: A

El niño negro que quería ser nazi




A lo largo de todo el tiempo que llevo escribiendo las entradas para el blog Cuaderno de Historias, varias han sido las ocasiones en las que he tocado temas muy relacionados con el nazismo. En ellos he tratado de explicar sencillas historias en las que los protagonistas habían estado a uno u otro lado del régimen liderado por Adolf Hitler y cómo vivieron esos fatídicos años.



Hans-Jürgen Massaquoi, el niño negro que quería ser nazi (nickdennis )


Una de esas historias trataba sobre los mischlinge, el grupo de mestizos que pertenecieron al ejército alemán y que tenían a uno de sus dos progenitores dentro de la religión judía y el otro era considerado ‘ario’.

Un relato de un niño mulato (hijo de un hombre de raza negra procedente de Liberia y una mujer aria) que, desde muy temprana edad, se empeñó en pertenecer a las Juventudes Hitlerianas


La familia de Hans-Jürgen Massaquoi disfrutaba de inmunidad diplomática, ya que su abuelo, por parte de padre, era el cónsul liberiano en Alemania. Esto hacía que, a pesar de ser mulato y su familia paterna negra, no tuvieran problemas de convivencia en su Hamburgo natal, en un tiempo en el que cada vez se hacían más presentes las tesis xenófobas promulgadas desde el Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores recién llegado al poder. De hecho, Hans había quedado absorto tras conocer en persona al mismísimo Hitler, durante una visita que hizo éste a su colegio en 1934. Por aquel entonces el niño tan solo contaba con 8 años de edad, pero había sido contagiado por el entusiasmo de sus compañeros y profesores.

Todos los niños de su clase estaban siendo afiliados al movimiento juvenil, por lo que él también quería pertenecer. No era consciente de que, a pesar de tener ese estatus especial gracias a la profesión de su abuelo, muchos eran los que lo miraban con cierto recelo al no ser un ‘ciudadano de raza pura’




Hans junto a su madre (postiar)


Cada vez que había una reunión de las Juventudes Hitlerianas, Bertha, la madre del muchacho se las ingeniaba para no llevarlo, a sabiendas de que no sería bien recibido por los participantes. Era tal el fervor que el pequeño Hans sentía por los símbolos nazis que incluso hizo que le cosieran una esvástica en su jersey, la cual lucía con todo orgullo, tal y como recoge la única fotografía que existe del niño con el símbolo nazi en su ropa. No dejaba de ser un niño, por lo que no era totalmente consciente de las diferencias raciales entre él y sus compañeros de escuela y aunque era tratado a menudo con respeto por la mayoría de ellos, siempre había el típico que trataba de hacerle ver que no eran iguales en todo y, sobre todo, en el color de la piel. 

Pero todo cambiaría en la vida de Hans en 1936, ya que con 10 años de edad fue testigo de cómo el atleta afroamericano Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín y con ello ofendió a Hitler, provocando en la población alemana el rechazo unánime hacia las personas de raza negra.

En la escuela ya no lo trataban igual y eran muchas las ocasiones en las que se sintió intimidado por otros niños que se creían superiores a él. 


La tensión racial y política del país obligó a la familia paterna de Hans a salir de Alemania, quedándose el niño viviendo junto a su madre. Pero ya no estaban en la residencia del consulado y, por tanto, todos los privilegios de los que habían estado disfrutando hasta entonces se esfumaron, aunque no sufrieron el mismo tipo de persecución a la que fueron sometidos otros colectivos. 




Tras la guerra Hans-Jürgen Massaquoi emigró a Estados Unidos (postiar)


Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial y con quince años recién cumplidos el joven Hans-Jürgen Massaquoi quiso alistarse en el ejército y servir a su país, siendo rechazado por el color de su piel, algo que no sucedía con los mischlinge, que sí eran aceptados. 


Los terribles años de nazismo en Alemania y la brutal guerra hicieron que en los siguientes años se diera cuenta de todo el horror vivido y cometido desde la cancillería de su país y decidiese emigrar a los Estados Unidos, donde trabajaría en varios periódicos y acabaría convirtiéndose en un reputado y famoso periodista. Hans falleció el pasado 19 de enero de 2013, el mismo día que cumplía 87 años, dejando tras de sí una vida dedicada a escribir libros y fundar prestigiosas revistas en defensa del colectivo afroamericano y a pesar de que han pasado muchos años desde que renunció y se dio cuenta de lo terrible que fue el régimen de Hitler, se le recordará como el niño negro que quiso ser nazi.




Extraído de : A

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